20 de junio de 2012

Juego de Primavera: Celosa pasión


¡Buenas noches! nwn Este día vengo presentando mi relato para el juego de Primavera, organizado por Paty C. Marín en su blog Cuentos íntimos. Creo que soy de las últimas, como siempre XD!

El reto era escribir un relato erótico en base a dos imágenes y el inicio que propuso Paty. (está escrito en cursivas, para que no se pierda el genial inicio de la autora *-*!) 
¿Y? Eh... ewe... ¡Eran dos páginas al inicio! Ni idea de donde salieron las demás.... jojojo.
Espero que les guste y gracias a Paty por haberlo organizado!! :3 


Ahora! antes de que algo más pase: 

¡Atención!

Este relato contiene escenas que pueden llegar a ser ofensivas para algunos lectores. Si eres menor de 18 años o no eres apto para este tipo de lecturas, pido dejar esta entrada. Gracias. nwn

¡Disfruten y muchas gracias por leer!




“…porque la experiencia del  placer erótico es única.”

Eusebio Rubio.


Celosa pasión


*

Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo.


De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3, esperando a bajar dos estaciones antes de que ella, entre el enorme tumulto de las personas que abordaban y después dejaban el metro sin mirar atrás. Ámber apretó sus labios percibiendo de inmediato el amargo sabor de su labial rosa pálido, jurándose a sí misma que era una casualidad que ella y él se encontraran a esa hora, en ese lugar. Que ella no había calculado e ignorado esas operaciones de cuántos minutos llevaba caminado lento para hacer más tiempo y llegar a la hora indicada, en el metro adecuado.

Cuando se sintió demasiado tensa, relajó su boca y soltó un suspiro, procurando que fuera bajo con la idea ridícula de que él podría escucharla a pesar de la distancia. Ámber se animó a levantar la vista y observar de soslayo si él seguía en la misma posición; sin embargo, la figura imponente de aquel hombre había desaparecido de su rango de visión. Con la ansiedad creciendo y aumentando sus ritmos cardiacos, levantó por completo su rostro, mirando hacía todos lados, buscándolo. Se preguntaba si acaso se había bajado antes para hacer su recorrido más corto, seguramente con el propósito torturarla y ahogar de esa manera su corazón, estrujándolo con crueldad.

Entonces lo sintió. Ellos nunca habían estado cerca, principalmente porque moverse en uno de esos vagones llenos era imposible a menos de que tu objetivo fuera salir de éste, y a pesar de ello, no tardó demasiado en darse cuenta de que el brazo que se elevaba por encima de la suyo, con la firme decisión de sostenerse en una de las barras de metal que atravesaba todo el vagón por la parte alta, era el de él. No hizo falta ni siquiera que Ámber volteara a verlo: conocía de antemano el escalofrío que recorría y erizaba los vellos de su nuca cuando se miraban, sensación que ahora iba en aumento por sentir que descuidadamente sus cuerpos se rozaban a causa del movimiento del vagón.

Sus mejillas se acaloraron de inmediato, tornándose de un sutil color rojo que adornaba tentadoramente su rostro. Creyó que la temperatura del lugar aumentaba a cada segundo, agitándola por dentro, haciéndola anhelar deshacerse del sweater de colores ácidos que cubría su piel estremecida. Ámber intentó controlarse por medio de razonamientos, aquello era ridículo y hasta vergonzoso para una dama como ella, tanto o más como aquella noche en donde exploró su cuerpo, pensando que aquel hombre la recorría, adorando su ser, mostrándole su musculado cuerpo que podía apreciarse aun debajo de la capa de ropa, escogida cuidadosamente para hacer resaltar cada parte de él.

Se removió incómoda en su lugar, sobre todo porque de pie podía sentir claramente como se humedecía. Cerró los ojos entreabriendo discretamente los labios, para dejar salir una respiración que comenzaba a volverse irregular, luego de recordar las múltiples fantasías fugaces en las que se había sumergido y apasionado con ese hombre que probablemente ni siquiera se habría dado cuenta del efecto que causaba en Ámber. Relamió sus labios resecos, deseando refrescarse con agua helada que recorriera y apagara momentáneamente todo su sistema para luego reiniciarlo.

¿Se encuentra bien?

Ámber, sobresaltada, abrió rápidamente los ojos temblando, aunque no supo definir si aquello era de sorpresa o quizá excitación. Su rostro giró y sus pupilas se contrajeron cuando al mirar, descubrió que aquel hombre, aquel atractivo hombre de facciones sensuales y marcadas, resaltadas por unas cejas pobladas y con corte de cabello perfecto, se estaba dirigiendo a ella con un brillo abrumador haciendo resaltar sus oscuros y profundos ojos.

E-estoy… bien… tartamudeó, apagando su voz a medida que hablaba, pero sin dejar de verlo. A su lado, él también parecía extraño, casi como si estar tan cerca uno del otro fuera natural. Le pareció escuchar al fondo la voz de una fémina que anunciaba la llegada a la estación donde él bajaba, pero él no tuvo intenciones de moverse. En ese instante, Ámber supo que tendría al dueño de sus húmedas fantasías acompañándola hasta el final del recorrido.
También yo me encuentro bien. Al inicio, Ámber pensó que él le reclamaba su falta de educación por no devolverle su pregunta, mas algo en el tono ronco de su voz le indicó que no era eso a lo que él se refería. Sin poder controlar sus impulsos, bajó instintivamente la mirada hacía la parte inferior del cuerpo del otro; ahí, con una posición exacta de pie para ocultarse cuidosamente, se encontraba un bulto apenas visible cerca de la hebilla de su pantalón. La visión del hombre excitado terminó de ruborizarla más, intentando apartar la vista de algo que no podía, ni quiera dejar de mirar. Se forzó a apartar la desvergonzada mirada, para volver a centrarse en sus zapatillas, apretando el libro que había olvidado que traía en la mano desde que lo vio a él. Estaban a sólo cinco minutos de la última estación, lo que significaba para Ámber que aquel excitante encuentro terminaría pronto, pero estaba segura de algo: esta noche definitivamente no leería el libro recién comprado.
¿Co-cómo te llamas? aventuró ella, sabiendo que le preguntaba recién porque podría huir luego de saber aquello que tanto le intrigaba. Escuchó su voz suave, pero hasta cierto punto más coqueta de lo que había planeado.
Damien… respondió sin dudar, mirándola fijo.

Apenas la velocidad del metro empezó a descender, señal de que había llegado a su punto final, cuando Ámber comenzó a andar, tratando de perderse entre tantas personas. Ella no era el tipo de mujer que se dejaba guiar por sus impulsos, pero sabía que había una voz extrovertida que no reconocía como propia, que le susurraba al oído cada noche, animándola a dirigirse a Damien para entablar una conversación más íntima que sólo miradas. Era la misma que ahora le gritaba bajar la velocidad de sus pisadas, usando como pretexto sus zapatillas de altos tacones que le daban una forma sensual a sus esbeltas y atléticas piernas. Pese a eso, ella no se detuvo, optó por andar a paso firme, saliendo así de la estación.

La fresca noche le devolvió un poco de su cordura antes opacada por el calor. Sentir el golpe de frío en su piel le hizo jadear por creer que aquella excitante humedad menguaría. No deseó detenerse demasiado tiempo, no por seguridad sino por temor de que él pudiera divisarla y quizás hasta alcanzarla, aunque en el fondo deseara eso. No es que creyera que estaba viviendo la versión erótica de Cenicienta siendo buscada por el príncipe, sino que él sencillamente revivía la abrumadora sensación de ser tomada y dominada por un hombre.

Cielos… gimió tocándose el cuello, cubierto por una suave y diminuta capa de vellos semitransparentes, así como también un sudor delicioso. Su piel inmediatamente reaccionó ante la caricia en la zona erógena, como un shock instantáneo de placer. Caminó más lento,  sin saber que había entrado en una zona solitaria, aunque sus dedos apretaban y masajeaban más su cuello, después de una noche de tensión sexual.
Se sentiría mejor si yo te tocara… Se detuvo sin más, temblando. No había tenido mucho tiempo para hablar con él, pero sí el suficiente para grabar ese tono de voz y así reproducirla en su mente una y otra vez. Alejó avergonzada su brazo del cuello, tensando el puño de su mano alrededor del libro, sin animarse a voltear y dispuesta a escapar una vez más, aunque no hizo falta realmente porque Ámber no se movió, por mucho que planeara hacerlo. Su mirada bajó hacía el brazo que repentinamente rodeó su cintura, sin siquiera desear oponerse. Los pasos anteriormente ignorados, se escucharon con tanta claridad que Ámber creyó que estos se movían a ritmo de su acelerado corazón; sabía que él estaba rompiendo la distancia que ahora no recordaba porque había creado desde un inicio. Le escuchó hablar nuevamente: Yo también quiero saber tu nombre.

Al terminar de deslizar su voz, Damien se acercó, afianzando el agarre en la cintura ajena, sonriendo cuando el cuerpo de ella brincó en el momento exacto en el que él acarició sus nalgas con su miembro erecto y apresado bajo la tela del pantalón. El movimiento sólo logró que ella sintiera mejor la dureza y el tamaño del falo, acompañado de la dolorosa sensación de la hebilla que se rozaba contra sus jeans oscuros.
Ám… ber… logró articular, aunque no evitó que un sonido de placer escapara de sus labios. No logró ver la sonrisa ladina que se formó en los labios de Damien cuando ladeó el rostro para acercarse a su lóbulo, mordiéndolo.
Qué hermosa eres… Sé que es imprudente e impropio decirte esto, pero deseo hacértelo.

A lo largo de su vida, Ámber, como cualquier mujer, había recibido propuestas vulgares de sexo en momentos que la habían dejado deseando no haber salido de casa. Sin embargo Damien la había abordado de manera diferente, no como un hombre ansioso de llevarse a la cama a cualquier mujer que quisiera abrirle las piernas, sino que se había propuesto seducirla eróticamente.

Ella tragó saliva, y su cuerpo se relajó. Era ridículo hasta para ella escapar del hombre que deseó tenerlo desde que lo miró. Sabía que necesitaba hacerlo, más allá de la imaginación. Finalmente volteó a verlo, y sonrió.  

Y yo deseo que lo hagas.


*



El cómo llegaron ambos a ese lugar carecía de real importancia dado que era ilógico pensar en lo obvio de la situación. Ámber en esos instantes sólo podía prestarle atención  a las manos que recorrían su cuerpo, despojándola del sweater para dejar a la vista sus senos cubiertos de una incitante lencería negra. A pesar de que aún estaban en el ascensor que los llevaría a la habitación privada, ella no sentía pudor en desabotonar la camisa blanca, recorriendo su espalda ancha para deslizar la ropa, como Damien no lo tenía en acoger ambos senos en las palmas de sus manos, devorándola a besos.

Curveó su espalda, agitada cuando él tocó sus piernas, recorriendo su ropa interior mojada. Para cuando las puertas del ascensor se abrieron, ella había tomado a Damien por el rostro para besar y hundir su lengua en esa boca que no tardó demasiado en conocer. El hombre no la soltó, al contrario, la sujetó aún más por las nalgas para caminar por el pasillo aun con sus labios intentando consumirse el uno contra el otro. Gritó sensual y deliberadamente cuando Damien la azotó contra la puerta, en un intento de abrirla. No tardó demasiado en esta acción y pronto se vio recostada sobre una suave cama de sábanas de seda color rojo, incitándole a una noche de erótico sexo.

Emitió un profundo suspiro de placer cuando observó a Damien despojarse de su pantalón y bóxer, mostrando su erguido falo, tomándolo con una mano, recorriendo su palpitante  y mojada forma. Ámber no estaba consciente de lo bella y excitante que se veía recostada, dejando su cabello largo caer por la cama, con su sostén abierto por la parte de enfrente sin quitárselo, pero dejando expuestos sus pechos, sin ropa interior pero vestida con las pantaletas unidas por el ligero, así como también calzando sus zapatillas.

Damien acercó su mano al leve vello púbico que apenas cubría la zona íntima de Ámber, recorriéndola lentamente hasta que sus dedos encontraron lo húmeda y anhelante que ella estaba. La respiración de ambos se intensificó cuando él hundió un dedo, permitiéndose explorar aquella pegajosa entrada, deteniéndose en el clítoris para masajearlo. Ámber se movía agitada en la cama, gimiendo y tocándose los senos y los pezones sólo para deleitar la visión de su amante nocturno.

Sabía que nada importaría después de eso.

Sintió pánico cuando Damien se alejó para penetrarla. Echó su cabeza hacía atrás, agradeciendo a la almohada que la sostenía mientras enterraba sus uñas largas en el colchón. Su vagina se abría para el falo que insistía en alojarse dentro de ella, con calma pero firme. Quiso gemir pero pronto fue acallada por la boca de Damien, besándola apasionadamente, ahogando también sus propios jadeos reflejados sólo en la forma en cómo la sujetaba de las caderas para que ella no escapara; sin embargo, Ámber sólo movía sus caderas, atrayendo así al miembro a lo más profundo de ella.

No recordaba nada más que el placer que la hacía desvanecerse entre los brazos de Damien cuando él encontraba la forma de llegar a lo más hondo, haciendo vibrar la cama y su cuerpo, dejando que Ámber gritara y enterrara las uñas en su espalda, dejando un camino con unas pequeñas gotas de sangre. La deliciosa forma en la que besaba sus pezones y colocaba una marca en uno de sus senos le excitó aun más, siéndole imposible apartar entonces su mirada de los profundos ojos de Damien, sabiendo que al final de esa noche, se habría perdido completamente en ellos.

Sólo cuando ella llegó al orgasmo más placentero que había experimentado en su vida, seguido del caliente semen de Damien llenado su interior, Ámber sintió el imperioso deseo de no soltar a ese hombre, a ese desconocido de ninguna forma. El ritmo de ambas respiraciones que parecían ir al compás de una sobre la otra, sus cuerpos tibios y mojados, el embriagante aroma del sexo y también el penétrate aroma de Damien que la hacía enloquecer, era una forma de creer que aquello, quizás aquel encuentro fortuito, abría una nueva posibilidad a su vida.

Damien la abrazo suavemente y la besó con ternura, mirándola después para dedicarle una sonrisa de satisfacción que Ámber no tardó en mostrar también.

La… la realidad supera a la ficción, Ámber susurró. Ha sido mejor que en mis fantasías.

Y quizás, él también…

*
Observó con atención el reloj que lucia en su delicada mano izquierda. La nueve y diecisiete, puntual, como siempre. Aquella noche no se había detenido a comprar un croissant cual era su costumbre, sino que su atención había quedado centrada en una librería cuando se dio cuenta de que había perdido el libro que días antes había comprado para iniciar una nueva lectura. Imaginó que sería mejor comprarse otro, pero le daba pena haberlo perdido, la contraportada parecía gritarle que realmente hubiera disfrutado leer aquel libro.

Ingresó al vagón con un sabor amargo en sus labios, extrañado el dulce sabor del croissant nocturno. Acomodó la bolsa gris que había comenzado a resbalar de su hombro, cuando notó que el mismo libro que ella había perdido, pasaba a su lado en las manos de alguien más. Levantó la mirada curiosa y no pudo evitar sonrojarse cuando unos metros más allá, encontró la atractiva figura de Damien, recargado sobre la pared del vagón, leyendo las letras de su libro. El hombre levantó la vista al sentirse observado y miró de soslayo a Ámber, sonriéndole divertido. Él agitó levemente el libro y le guiñó el ojo, moviendo sus labios, sin emitir sonido.

Ámber ladeó el rostro, dejando que su cabello acariciara su mejilla, leyendo el mensaje que Damien le mandaba suavemente.

…continuemos nuestra historia.

*


"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible. "

Emmanuelle Arsan


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